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Rabiosas


En esta era de transformación, la sociedad, harta de los abusos, se une en un coro que retiembla en su centro la tierra, alzando sus voces decididas a derribarlo todo para reconstruirlo de forma más equitativa, interviniendo los espacios y monumentos para ser escuchadas.


En el vasto lienzo de las calles, los artistas urbanos se alzan como portavoces de la comunidad. Su labor va más allá de embellecer espacios públicos; su propósito es ser el altavoz de aquellos que claman por justicia, cambio, esperanza y libertad.


Cuando el arte se plasma en las urbes, trasciende el dominio del autor y se transforma en un lienzo compartido por todos. Cada trazo, cada mensaje, se convierte en una invitación abierta a la intervención colectiva. Lo esencial no es el contenido, sino que cada mensaje refleje la diversidad y complicidad de las opiniones que conforman nuestra sociedad.



Aunque los ideales puedan divergir, esta premisa se levanta como un punto de convergencia. Cuando las voces de la comunidad no encuentran eco en los espacios tradicionales, es responsabilidad del artista urbano acogerlas y entrelazarlas con su obra, para que juntas resuenen con fuerza en el panorama urbano.


Así, el creador deja de ser una figura solitaria para convertirse en un colectivo social, trascendiendo el ego y heredando su obra a la comunidad que la inspiró. En un acto de solidaridad y comunión, el arte urbano se convierte en el vínculo tangible que une a la sociedad en un diálogo visual, donde cada trazo es una palabra, cada obra es un capítulo, y juntos, construyen la narrativa de un pueblo molesto, inconforme y lleno de voce rabiosas.

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